DEL ACOSO AL CUIDADO

Transformar la cultura escolar desde los propios estudiantes

La crudeza detrás de las pantallas y los silencios adultos.

El mundo juvenil se construye hoy en un escenario complejo. Entre amistades que a veces se convierten en campos de batalla y pololeos teñidos de desconfianza, control y malos tratos, crece una cultura donde el acoso no es un hecho aislado, sino una forma de relación que se repite con demasiada frecuencia.

Los adultos tenemos una cuota de responsabilidad ineludible. Muchas veces desde la familia y la escuela hemos normalizado prácticas de descalificación, de silencios que pesan más que las palabras, o de explosiones emocionales sin herramientas de autocontrol. A esto se suma la sobreexposición de niños, niñas y adolescentes a contenidos violentos en las pantallas, que ofrecen modelos de interacción basados en la agresión, el desprecio y la cosificación.

En medio de todo, aparece un factor silencioso pero devastador: la soledad. Una soledad que nace de adultos incapaces de expresar con autenticidad lo que sienten, y que se transmite como herencia emocional a quienes están en proceso de crecer y buscar su lugar en el mundo.

El acoso escolar no es solo un problema de algunos chicos o chicas: es el reflejo de una cultura, donde muchas veces las prácticas éticas están disminuidas o incluso ausentes en la vida cotidiana, y que además ha fallado en ofrecer espacios de escucha sincera, de regulación emocional y de vínculos protectores. Es una responsabilidad compartida. Reconocerlo no busca culpar, sino abrir la posibilidad de mirarnos con honestidad y, desde ahí, construir juntos una forma distinta de relacionarnos, más respetuosa, más humana y más justa.

Pero la transición es posible: se trata de acompañar a los adolescentes a gestar Resiliencia Emocional y Ética, para vivir el derecho a vínculos sanos, bien tratantes y fraternos.

Como en una película: luces, sombras y matices adolescentes

“Antes que una persona buena, prefiero ser una persona completa”. Carl Jung

Sin embargo, ante adultos que viven su vida de forma más reflexiva, que conocen el camino de la transformación personal y que saben de manera profunda que nadie es perfecto, se abre una posibilidad distinta: pueden conocer más y mejor a sus estudiantes, abandonar de forma seria y radical sus prejuicios y sus opiniones rechazantes para abrir un momento de transición personal y colectiva.

Imaginemos que la historia escolar es narrada como una película. Los protagonistas no son héroes planos ni villanos absolutos, sino personajes llenos de matices.

La estudiante que hoy hace bullying en la sala puede ser la misma que después acompaña en silencio a una compañera en crisis. El chico que lidera las bromas crueles es, en otro momento, el que presta su hombro cuando alguien pierde un ser querido. Y los llamados “víctimas” no son únicamente receptores pasivos: también despliegan coraje, ironía y creatividad para resistir.

La adolescencia es, justamente, ese territorio de luces y sombras.

Entenderlo así nos permite abrir un camino de transición hacia una cultura escolar que no niegue los conflictos, pero que los transforme en oportunidades para aprender a cuidar y a cuidarse mutuamente.

De espectadores a protagonistas del cambio

Es hora de decir “basta” al castigo como método de transformación. El estilo punitivo, inspirado en una mirada delincuencial hacia los jóvenes en conflicto con las normas, no da resultados reales. Solo desgasta y sobrecarga a todos. No genera cambios profundos, sino adolescentes astutos que aprenden a eludirnos, no a sanar.

También debemos decir “basta” a la soledad y la sobrecarga de los docentes. No pueden seguir resistiendo en ambientes agotadores sin soportes éticos ni prácticos. 

La familia debe involucrarse de manera real, con la coherencia del ejemplo y la comunicación profunda. Los adolescentes no pueden resistir ambientes criticones y rechazantes todo el tiempo: necesitan estar en contacto con personas que los comprendan, los valoren y les den oportunidades educativas y formativas ante el error —el mismo trato que todos, como adultos, queremos para nosotros.

Pero para exigir cambios a los adolescentes, debemos primero mirarnos como sociedad adulta. Chile enfrenta problemas graves de coherencia ética.

 

Problemas y desafíos de coherencia ética

  • Más de 25 000 funcionarios públicos (muchos de ellos padres o madres de familias) viajaron al extranjero mientras estaban con licencia médica, generando 6 600 sumarios y 1 100 renuncias en 2023–2024

  • El consumo de alcohol en Chile se ubica entre los más altos de la región, con 9,6 litros per cápita por año, asociado a problemas de salud y violencia en la pareja

  • El 32 % de los chilenos reconoce haber sido infiel, mientras que un 23,3 % de las mujeres fue víctima de algún tipo de violencia intrafamiliar. Tenemos problemas serios en nuestra vida de parejas.

Estos datos son señales de que los adultos no siempre estamos ofreciendo un testimonio coherente de cuidado, respeto y resiliencia. Si esperamos que los adolescentes puedan abrir caminos más éticos y emocionalmente sanos, debemos ser testimonio vivo de esa transformación nosotros mismos. No somos perfectos, pero sabemos crecer y superarnos.

 

Cinco claves para detectar valores y conductas solidarias en adolescentes

  • Gestos de cuidado, aunque parezcan pequeños
    Compartir un cuaderno, esperar a alguien para entrar juntos a la sala, o guardar un asiento en el bus son señales de que la empatía está presente en lo cotidiano. Los adultos atentos no las minimizan, las valoran como semillas de fraternidad.

  • Defender al otro frente a la injusticia
    Cuando un estudiante se atreve a interrumpir una burla, cambia de tema para desviar la agresión o simplemente se sienta junto al compañero aislado, está expresando un valor esencial: reconocer la dignidad del otro.

  • La escucha silenciosa que acompaña
    No siempre se necesita un consejo o una solución. Estudiantes que saben escuchar, guardar confidencias y sostener a un amigo en momentos difíciles están mostrando un profundo sentido de solidaridad.

  • Resiliencia compartida
    En medio de crisis familiares o escolares, los adolescentes se apoyan con humor, con palabras de ánimo o incluso con gestos de complicidad. Son modos de resistir juntos. Los adultos que observan con mirada comprensiva pueden reconocer ahí una fuerza comunitaria.

  • Lenguaje que construye y no destruye
    Palabras de aliento, bromas que hacen reír sin humillar, saludos afectuosos o simples “gracias” son signos de una cultura distinta, que pone el cuidado por encima de la agresión. Identificarlos y resaltarlos es tarea de los adultos que creen en la posibilidad de transformación.

Del Plan de Transformación Personal al Plan de Gestión de la Convivencia Educativa

Cambiar la cultura del acoso en los adolescentes no significa castigar más fuerte ni llenarnos de reglas rígidas y severas. Significa algo mucho más humano: construir con el ejemplo, con nuestra forma de vivir y relacionarnos, un sistema educativo que transforme con ética, con cuidado y con ternura, empezando desde la propia transformación de cada adulto.

Cada persona adulta —docente, familia o directivo— no es solo parte de un plan institucional. También es parte de un Plan de Cambio Personal. Necesitamos sumergirnos en un proceso de vida más consciente, en una transformación interior que nos acerque a nuestra propia integridad. Solo así podremos estar más cerca de adolescentes que buscan referentes sanos, empáticos y auténticos.

El gran desafío de una Cultura del Cuidado es unir ese Plan de Transformación Personal con el Plan de Gestión de la Convivencia Educativa. Ambos deben caminar juntos, sostenidos en valores y en la fuerza de una comunidad adulta que se encuentra, que incluye, que comprende y que es solidaria. Y en ese camino, no olvidemos lo lúdico, lo divertido, lo creativo. Muchas veces, a través del juego, los adolescentes se descubren de un modo distinto. El juego abre puertas donde el regaño cierra. Incluir jugando es mucho más poderoso que excluir retando.

Este plan debe ser vivo, coherente, bien coordinado y evaluado. Debe incluir a todos, sin excepción. Debe traducirse en gestos cotidianos que celebren el cuidado, pero también en la firmeza necesaria para corregir las omisiones que generan exclusión. No basta con actividades bonitas que funcionan solo con quienes ya son más resilientes o participativos. Si los adolescentes más complejos no logran integrarse, la actividad pierde sentido.

Por eso se necesita persistencia: un plan con objetivos claros, con resultados que se puedan medir, que permitan a los equipos directivos y de convivencia trabajar con seriedad y aprender de cada paso. Pero, sobre todo, un plan que no sea de unos pocos, sino construido, vivido y mejorado por todos.

Si de verdad queremos transformar la cultura del acoso en una cultura del cuidado, empecemos por lo más sencillo: ser ejemplo de pequeños gestos de paz, cada día, en cada espacio.

Ahí está la verdadera esperanza: en comprender que todos somos personas que cambian la vida.

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