Los candidatos hablaron de los niños del Sename, -pendiente fundamental por cierto- pero callaron sobre el origen del problema: la creciente violencia presente en las familias y el cansancio emocional que atraviesa nuestras escuelas.
No se habló del miedo ni de la soledad que viven miles de estudiantes en sus hogares, ni de los profesores que los contienen con lo poco que tienen.
Anoche, el país escuchó a sus candidatos hablar de seguridad, economía y crecimiento.
Pero nadie habló de educación.
Nadie mencionó las aulas sobrepobladas, la angustia de los profesores ni el sufrimiento silencioso de los niños y niñas que aprenden entre el ruido del miedo y la ausencia de cuidado.
¿Cómo hablar de seguridad si no hablamos de la violencia que ocurre dentro del hogar?
Miles de niños, niñas y adolescentes viven entre la violencia, la soledad y el desamparo emocional —vivido en sus propias familias y que sólo los profesores han podido ver, sentir y acompañar—.
Hemos nombrado a los docentes como “educadores emocionales”, dejando en sus hombros una labor que debe volver a la familia.
¿Y por qué no está ahí?
El Observatorio de Derechos de la Defensoría de la Niñez, en su informe 2024, advierte que “niños, niñas y adolescentes en Chile enfrentan un escenario de derechos cada vez más crítico”, con 12 de los 20 indicadores analizados en retroceso, especialmente en los ámbitos de salud mental, aumento de la pobreza, escasa protección y baja participación.
El documento alerta sobre la prevalencia de la violencia en los entornos familiares y escolares, y sobre el deterioro sostenido de la salud mental infantil, reconociendo que el sistema de protección “no logra responder con oportunidad ni acompañamiento suficiente” frente a estas realidades.
Cada día, entre cuadernos y miradas, remiendan los hilos rotos de la infancia, zurciendo con paciencia lo que la violencia y la soledad han desgarrado. No siempre tienen los materiales ni las manos descansadas, pero aún así cosen esperanza con un hilo invisible en sus aulas.
Mientras tanto, el país discute “seguridad” en abstracto, olvidando que la primera inseguridad que viven miles de niños y niñas está en su propio hogar.
Esa inseguridad íntima, la que no se mide en estadísticas policiales, rompe el aprendizaje y la confianza en el futuro.
La escuela se convierte en refugio y trinchera.
Los profesores intentan reparar lo que el sistema familiar, de salud y de protección no logra sostener: escuchan, consuelan, acompañan, muchas veces sin estar acompañados, asesorados, contenidos y/o preparados para tamaño desafío.
La soledad —esa pandemia invisible— también está golpeando la infancia.
Niños que pasan horas frente a pantallas, desconectados del juego real, del contacto, de la conversación. Lo digital se volvió un refugio, una anestesia.
Pero la raíz de esa adicción no es tecnológica: es emocional.
Es la falta de vínculos protectores, de espacios familiares seguros, de tiempo compartido y de adultos presentes. Y sobre todo de un gran pendiente que tenemos los adultos: educar desde los diálogos profundos que invitan al desarrollo de los niños, desde lo mejor de sí, desde la ética y la reflexión que se torna desafiante y no sólo sancionadora.
Nadie se preguntó si la delincuencia que tanto preocupa no es también consecuencia directa de una educación debilitada, de familias quebradas por la violencia, de jóvenes sin horizonte ni propósito.
Nadie dijo que la cultura del narcotráfico se vuelve atractiva porque ofrece lo que el sistema educativo no logra entregar: pertenencia, reconocimiento, abundancia y poder.
Por eso, la educación necesita una revolución real, no solo curricular.
Una revolución en el diseño del aula y del patio de recreo. Aulas con un máximo de 28 estudiantes y patios de recreo con zonas de juegos y descanso, para profesores y estudiantes. Donde la colación sea un espacio de recuperación y no de tensión.
Una revolución que escuche a los miles de docentes creativos, sensibles y apasionados que sí existen en Chile.
Que incorpore la salud mental como prioridad nacional, con equipos interdisciplinarios, con acompañamiento emocional para estudiantes, familias y profesores.
Una revolución que no se limite a “contener”, sino que sane, que restituya sentido, que inspire futuro.
Y si los problemas de seguridad fueran también el reflejo de una educación que no logra ofrecer una oportunidad real para soñar con un futuro distinto?
Mientras la cultura de opulencia y abundancia que ofrece el narcotráfico se vuelve más atractiva que la cultura del esfuerzo, el sacrificio y la disciplina que propone la escuela, Chile sigue perdiendo su batalla más silenciosa: la del sentido, el proyecto de vida y la esperanza.
La educación necesita una revolución transformadora.
No de decretos ni de programas fugaces, sino una revolución en el diseño y las condiciones de la vida en el aula y del patio de recreo.
Una transformación educativa que mire y escuche de verdad a los miles de docentes innovadores, creativos y apasionados que este país ya tiene; los mismos que, con sus propias manos, siguen sosteniendo lo que aún no se derrumba.
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