EDITORIAL

Prohibir o Acompañar: el verdadero desafío adulto en la era de los celulares

 Otra vez aparece la palabra “prohibir”.

Prohibir el celular. Prohibir el TikTok. Prohibir el ruido, la distracción, el exceso y sobre todo la adicción.
Y sí, entiendo la intención. Queremos proteger, cuidar, ordenar y lograr que atiendan en clases o en general, nos atiendan cuando hablamos. Pero cuando el cuidado se convierte en control, dejamos de proteger, ellos se alejan, sí, se alejan… y en ese esfuerzo por ordenar prohibiendo, también nos perdemos un poco nosotros.

El Senado está a punto de aprobar una ley que prohíbe el uso de celulares en todos los niveles escolares, y lo hace desde un argumento razonable: mejorar la concentración, prevenir el acoso, recuperar el vínculo humano. Pero… ¿qué hay detrás de esta necesidad de castigar y prohibir como herramienta?
Me atrevo a decir que hay una profunda carencia emocional adulta.
No sabemos conversar con profundidad. No comprendemos el mundo emocional ni simbólico que habitan nuestros hijos o estudiantes. Y lo más grave: no les hemos enseñado a mirar de manera reflexiva, crítica, formativa y ética a ese universo digital.

Si hubiésemos sido la generación que inventó la rueda y viéramos a los niños jugar con ella todo el día, seguro habríamos dicho: “¡Se acabó la rueda, pura distracción!”
Habríamos redactado leyes, organizado marchas anti-rueda y culpado a la pobre rueda por la flojera juvenil… porque veíamos que la usaban para pegarle a sus amigos, rayar la pared o hacerla girar sin rumbo.
Y así, sin darnos cuenta, habríamos apagado una luz que no comprendíamos bien.
Aquello con lo que jugaban no era un capricho o un peligro, -a pesar del uso inadecuado que se le daba-, sino el motor del futuro.
El mundo comenzaba a moverse, pero nosotros, los adultos, estábamos tan ocupados tratando de controlar el giro… que no vimos que la rueda no era el problema: era el comienzo del camino.

Prohibir es más fácil que acompañar, pero solo acompañando aprendemos a educar con amor, presencia y profundidad.

“La comunicación profunda con nuestros hijos e hijas es el camino de la verdadera protección en tiempos complejos”

La serie de Netflix La Particular Vida de Ibelin me dejó con un nudo en la garganta. Muestra a un joven con discapacidad que crea vínculos reales y significativos en los videojuegos, un espacio donde se siente visto y valorado. Su historia es un espejo doloroso: los adultos no lo vimos. Estábamos ocupados, distraídos, desconectados.
Y algo parecido ocurre en Adolescencia, otra producción que desnuda nuestras incoherencias. Porque no son los adolescentes los perdidos: somos nosotros los que no sabemos acompañarlos.

Prohibir, sancionar, castigar… son decisiones que hablan más de nuestro miedo que de nuestra sabiduría. Son el reflejo de una educación que no conversa, no pregunta, no escucha. Una educación que cree que controlar es lo mismo que proteger.
Pero la prohibición no enseña. Solo posterga el diálogo. Y muchas veces, lo rompe.

De espectadores a protagonistas del cambio

También hay que decirlo: los adultos estamos igual o más adictos que los jóvenes. Vivimos pegados al teléfono, corriendo detrás de la dopamina del “me gusta”, del mensaje, del reconocimiento. 

¿De verdad creemos que prohibiendo algo resolveremos lo que no hemos podido sanar en nosotros?

Lo que necesitamos no son más castigos, sino más herramientas emocionales, más habilidades éticas profundas y más habilidades educativas. Aprender a guiar con presencia valórica, con coherencia, con ternura. Enseñar a detenerse, a pensar, a comprender. A usar la tecnología como un puente y no como un muro.

Las brechas digitales, la subutilización de las tecnologías, la pobreza de nuestras conversaciones… todo eso nos ha llevado por el camino más fácil: culpar a las pantallas. Pero no son las pantallas las que crían, ni las que aman, ni las que enseñan. Somos nosotros que aún no hemos aprendido a proteger a través del diálogo.

Es mejor aprender a sostener conversaciones profundas, que guíen, acompañen y enseñen valores, pero con una base de comprensión y empatía.

Así que antes de prohibir, aprendamos a acompañar.
Y sobre todo, a sentirnos más seguros interiormente de que aquello que consideramos riesgoso o poco ético en el uso digital realmente lo es.
Solo desde esa seguridad y desde una conversación profunda y empática podremos mostrar el valor social, cognitivo y desafiante del universo digital, para proteger de verdad sin alejarnos de nuestros hijos.

Así que antes de prohibir, podemos aprender a conversar, sin temor a abrir conversaciones profundas, enseñanzas y así acompañar.
Porque el problema no está en el celular: está en la distancia emocional que nos separa de quienes más necesitan que los escuchemos

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