Hoy vivimos, en promedio, ocho años más que hace tres décadas, un regalo que pocas generaciones antes que la nuestra tuvieron la fortuna de recibir. Según la Organización Mundial de la Salud, la esperanza de vida al nacer llegó a 73,3 años en 2024, y para 2050 la población mundial mayor de 60 años se habrá duplicado hasta los 2.100 millones de personas. La humanidad ganó tiempo, pero ese tiempo llegó sin instrucciones, y es natural preguntarse qué hacer con él.
La naturaleza, con más paciencia que nosotros, lleva millones de años resolviendo exactamente este problema. Hay un pino en las montañas de California con más de 4.700 años, cuyo polen germina hoy con la misma fuerza que hace un milenio, porque su cuerpo aprendió, con el tiempo, a redistribuir la energía en lugar de desgastarse. Hay orcas que dejan de reproducirse a los 40 años y viven cuatro décadas más, porque su valor para la manada cambió de forma sin desaparecer.
Esas especies no decidieron nada, la evolución les entregó el programa ya resuelto. A nosotros no nos tocó ese programa, pero sí nos tocó algo igual de valioso, la posibilidad de observar con calma cómo lo resolvieron, y hackear esa inteligencia para aplicarla con consciencia propia.
“Podemos sincronizar nuestros años extra con las mismas estrategias que la naturaleza ya probó, y encontrar en ellos no más proyectos que cumplir, sino un propósito sereno que sostener.” Erika Castro
Primera lección: el deterioro no es un destino obligado
La palabra envejecer suena a pérdida, y durante mucho tiempo la ciencia asumió lo mismo. Después llegó una distinción que cambia el punto de partida de todo lo demás. Envejecer es simplemente acumular años, algo que le pasa a cualquier ser vivo sin excepción. Senescer es otra cosa, es el deterioro biológico progresivo que solemos asociar al paso del tiempo, pero que la ciencia demostró que no viene pegado a él por obligación.
El biólogo forestal Ronald Lanner analizó pinos longevos de hasta 4.700 años en los bosques de California y encontró algo insólito: la viabilidad del polen, la germinación de semillas y la frecuencia de mutaciones se mantenían iguales en árboles jóvenes y en árboles milenarios. Su conclusión fue directa, el concepto de senescencia no aplica a estos árboles. La rata topo desnuda ofrece un hallazgo similar en el mundo animal. La bióloga Rochelle Buffenstein y su equipo, tras analizar miles de registros, descubrieron que el riesgo de morir de este roedor no aumenta con la edad, un patrón que contradice lo que la ciencia asumía como ley universal del envejecimiento en mamíferos. El demógrafo Owen Jones, del Max Planck Institute, reunió estos y otros casos en un estudio publicado en Nature y llegó a una conclusión que sostiene todo este artículo, la senescencia no es inevitable. Existe en algunas especies, y en otras simplemente no ocurre.
Esta distinción también nos concierne de cerca, y conviene aplicarla con honestidad al propio cuerpo. Envejecer a veces duele, las articulaciones cambian, la energía no es la misma, y eso es real, no hay discernimiento que lo borre. Lo que sí cambia el discernimiento es cuánto de ese dolor es paso del tiempo y cuánto es una vida sedentaria que arrastramos desde mucho antes de llegar a viejos. La Organización Panamericana de la Salud reporta que cerca del 50% de las personas mayores de 60 años en la región vive con inactividad física, un hábito que no empezó a los 60, empezó años atrás y se fue anquilosando en el cuerpo sin que lo notáramos. Ahí está la primera lección hecha práctica, distinguir el dolor que es parte legítima de envejecer del dolor que en realidad es la factura de un cuerpo que dejamos de mover. Moverse no elimina los años, pero sí decide cuánto de ellos se vive con rigidez y cuánto se vive con soltura.
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